[NOVELA] La Saga del Verdadero Amor Vol. 1, Capítulo 1

El nuevo Teniente de la Guardia

El teniente Altsomn Stmarken es asignado para comandar la Guardia del Pabellón de las Concubinas al servicio de Granspad Urel-Salem, rey de Oriena. ¿Pero cuáles son sus secretos?

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A su llegada al Palacio Real, Altsomn llevaba dos secretos: uno estaba guardado en su maleta, el otro en su corazón y su mente. Luego de bajar del carruaje con su maleta en la mano izquierda, se dirigió a uno de los dos guardias de la puerta, mientras que con su mano derecha sacaba un documento de uno de sus bolsillos interiores. —Teniente Altsomn Stmarken —dijo, extendiendo el brazo derecho. El sello de lacre rojo con la insignia del Real Instituto Militar de Ciencias e Investigación brilló bajo la luz del amanecer. —Reportándome para asumir el mando de la Guardia del Pabellón de las Concubinas por orden de Su Majestad. Al ver el documento, el guardia saludó a Altsomn y luego recibió el papel. Al tomarlo, entró en el palacio, dejando al nuevo teniente con su compañero de vigilancia. Este, al observar al advenedizo, se extrañó. Ante él, entendía, estaba un nuevo teniente de la Guardia del Palacio Real, un oficial preparado para la defensa no solo del rey, sino de su familia y de recursos clave del reino. Sin embargo, lo que veía era a un joven de gestos refinados y temperamento tranquilo, incluso suave. Cuando el primer guardia volvió, no lo hizo solo. Su acompañante, de indumentaria ligeramente más llamativa, saludó a Altsomn al presentarse ante él. —Bienvenido, teniente Stmarken, soy el sargento Petrilo —dijo. —Nuestro capitán le espera. Mientras ambos se dirigían al despacho del capitán, con el sargento escoltando al teniente, Altsomn observaba a su alrededor. No era la primera vez que recorría aquellos pasillos, y aún recordaba cómo habían sido antes. Sin duda, algunas cosas habían cambiado, aunque eran pequeños detalles: arbustos, árboles, colores de las paredes. No tantas cosas cambian en dos años y medio. —¡Capitán! El teniente Stmarken vino a reportar su llegada al palacio —dijo el sargento Petrilo a su llegada al despacho, luego de haber saludado. Altsomn saludó al capitán. —Puede retirarse, sargento —dijo el capitán, luego de tomar en su mano las credenciales del teniente. —Bienvenido, teniente Stmarken. Soy Karlo Kefasa, capitán de la Guardia del Palacio Real. Le seré completamente franco: no solemos recibir sabihondos del Instituto de Ciencias, así que espero que cumpla con nuestros estándares. Pero primero, ya que será oficial de nuestra Guardia, debo presentarlo ante el rey. El capitán se puso de pie y guió a Altsomn por un camino que él, en realidad, sí conocía. Al final de este, ambos se encontraron ante la puerta que daba al despacho de Su Majestad, el Rey Granspad Urel-Salem. Ambos guardias saludaron a los oficiales, y el capitán les entregó el documento del teniente. —Su Majestad aguarda por ustedes —dijo uno de los guardias, el que entró al despacho tras la presentación de los documentos, al salir. Justo después de entrar, el capitán hizo una venia. Altsomn, pleno conocedor de la razón de esto, lo imitó. —Su Majestad, presento ante usted a Altsomn Stmarken, nuevo Teniente de la Guardia del Pabellón de las Concubinas —dijo el capitán, con su torso aún inclinado. —Bienvenido, Teniente Stmarken —dijo el Rey Granspad, con los ojos puestos sobre Altsomn. —¿De qué familia proviene usted?. Entre el capitán y el teniente, uno sabía exactamente el significado de esta pregunta. El otro creía saberlo. —Mi padre es el Barón Stmarken, de las montañas occidentales de la nación, —respondió Altsomn, enfocado en simplemente dar respuesta a esta pregunta. El rey soltó una brevísima, contenida y casi silenciosa risa. —Muy bien, Teniente Stmarken —dijo, para luego cambiar su expresión a una más seria y solemne. —Recuerde que en el Pabellón de las Concubinas usted no custodia mujeres, sino el orden de la sucesión, el futuro del reino. No permita que la maleza crezca sobre la piedra que nuestro padre, el rey Patrik, talló con sangre, sudor y lágrimas. Ante estas palabras, el rostro del capitán se iluminó. Años atrás, antes de asumir el mando de la Guardia, él, Karlo Kefasa, había formado parte de las tropas del gran Patrik Urel, rey de Oriena. Eran tiempos en que el reino constantemente afrontaba guerras con otras naciones, y el frente demandaba más hombres que la guardia. Sin embargo, más que por su osadía o su temeridad, quienes siguieron al rey Patrik en el campo de batalla, como el Capitán Kefasa, admiraron más bien su temple, su serenidad y su sabiduría. Incluso ahora, con Oriena bajo el reinado de su hijo Granspad, el legado del rey Patrik seguía vivísimo en la memoria de quienes vieron sus días más gloriosos y veían al monarca anterior como a un padre de la patria. Para Altsomn, sin embargo, el peso de las palabras del rey, quien ahora se disponía a tomar de su lugar una espada especialmente enfundada al lado derecho de su trono, era muy diferente. —Teniente Stmarken, pase adelante —dijo el rey, con la espada en la mano. La hoja relucía como un espejo de lujo y la empuñadura contaba con joyas brillantes, pero el filo destacaba por su ausencia. Tanto Altsomn como el capitán sabían que este no era solo un llamado para dar algunos pasos hacia adelante. Por ello, antes de la ceremonia, el capitán recibió la espada de Altsomn en sus manos. Una vez delante del rey, el nuevo teniente se puso de rodillas ante él y extendió sus manos a la altura de su pecho. La espada ceremonial era fría al tacto, ¿pero qué importaba tan minúscula incomodidad frente al verdadero peso que este rito tenía para un hijo de Oriena? Altsomn sintió todo este peso al pronunciar cada palabra del juramento, incluso las que parecían menos significativas. El toque de armas sobre sus hombros y su coronilla, aunque físicamente ligero, también cayó sobre él como tres rocas pesadas. —Por el poder que he recibido del cielo y la nación, le otorgo este poder —dijo el rey, al darle su bastón de Teniente de la Guardia. —La ceremonia ha concluido. Honre a su familia, Teniente —dijo el rey, luego de darle una última mirada a Altsomn y regresar a su trono. El capitán, puesto de pie nuevamente, salió junto con Altsomn a continuar con sus deberes del día. Era de pocas palabras, pero ágil y enérgico como un joven soldado a pesar del paso de los años. Al llegar ambos a su destino, Altsomn reconoció los exteriores del Pabellón de las Concubinas, el lugar que se le había confiado para su protección. —Guardias, entremos. Convoquen a toda la guardia del pabellón, esto será rápido —dijo el capitán a los apostados en la entrada. Uno de ellos se quedó, mirando de reojo al nuevo teniente tanto como podía, mientras se preguntaba si lo había conocido antes, sin llegar a una respuesta. El otro recorrió los interiores del muro del pabellón, que fungían también como cuarteles. —Hombres de la Guardia del Pabellón de las Concubinas, les presento a su nuevo Teniente, Altsomn Stmarken. Espero que trabajen con él como hace toda verdadera guardia real: como un solo cuerpo en la defensa de nuestra nación. ¡Porque eso es lo que hacemos! No solo defender un pabellón, sino nuestro futuro. ¡Nunca lo olviden! Que ningún lío de señoras los desvíe de esa misión —dijo en voz alta el capitán ante todos los que habían sido reunidos. —Ahora, sargentos, acompáñenme, por favor. Los demás, a sus puestos. El capitán, Altsomn y los sargentos se dirigieron a una oficina que, por sus características, parecía recientemente vaciada. Había apenas suficientes sillas para todos los presentes. Altsomn miró a su alrededor, en busca de sus rincones y de señales en la pared. —Teniente Stmarken, a partir de hoy este será su despacho —dijo el capitán. —Aún no está completamente implementado, pero puede solicitar lo que vaya a necesitar para él. Ahora lo he reunido aquí con los sargentos de este pabellón para que le presenten todos los asuntos pertinentes a la guardia de este lugar. Si es que no se lo han enfatizado lo suficiente aún, lo haré nuevamente ahora: proteger este pabellón es proteger el futuro de nuestro reino. Altsomn tomó nota de todo lo que el capitán y los sargentos le decían. Al menos eso era lo que parecía desde la perspectiva de los expositores. Los asuntos de logística y rutina los anotó puntualmente, incluyendo solo los aspectos que parecían más relevantes. También anotó los nombres de todas las concubinas y de sus respectivas damas de compañía principales, aunque solo se había terminado de aprender los de las cuatro de rango alto: Shessah, Verina, Ester y Maa. Pero a lo que más atendió Altsomn fue a la exposición sobre los espacios físicos del pabellón. En este punto, no solo atendió a los detalles y realizó anotaciones, sino que reprodujo de la manera más fiel posible los planos que le mostraron. Su objetivo no era tener los planos a la mano (pues los podía solicitar cuando quisiera), sino aprendérselos de memoria a través del movimiento de sus manos. Terminada la reunión, su deseo más ferviente era poder explorar la zona subterránea del pabellón. Era como si algún lugar allí oculto les aguardaran a él y a su maleta. Sin embargo, el llamado del deber era urgente, y las indicaciones del capitán eran claras: todos debían prepararse para el día siguiente, en el que se celebraría por todo lo alto el cumpleaños dieciocho de Lady Verina. Para el capitán y los sargentos, esta sería la prueba de fuego para el sabihondo del Instituto de Ciencias, y probablemente su último día en el Palacio Real. En la mente de Altsomn, el asunto de la fiesta de cumpleaños era menos dramático, pues tenía razones, en su corazón y mente, para creer que sabía todo lo necesario sobre el pabellón para manejar adecuadamente el asunto. Aquella tarde, dedicada a los preparativos, pasó sin incidentes. Al menos sin aquellos de los que se suelen reportar. —Teniente Stmarken —dijo una señorita de vestido sencillo, haciendo una venia. —Bienvenido al Pabellón de las Concubinas. Soy Viola, dama de compañía de la concubina Alexina. Espero que su experiencia en nuestro pabellón sea muy grata. El nombre “Viola” no se encontraba en las notas que Altsomn había hecho. Esto era lógico, pues las concubinas de rango bajo, como Lady Alexina, no tenían damas de compañía principales. De todos modos, le pareció sumamente agradable la cortesía de esta mujer. —Gracias —respondió Altsomn, para luego continuar con sus deberes, los cuales no le exigieron mayor esfuerzo ese día. Él deseaba poder pasar días relativamente tranquilos, como aquel, o incluso menos ocupados, pues aunque los sargentos estaban bajo su mando, sabía que el factor de su educación era motivo de sospecha para ellos, especialmente para los más experimentados. Con la fiesta de cumpleaños a portas, la maleta y el sótano tendrían que esperar. Ya habría otro momento para los escondites y el tintineo. Durante la noche, en visión vívida, el teniente se encontró a sí mismo sentado bajo la sombra de un árbol. Delante suyo, podía ver lo que parecía una pequeña persona, con cabello rizado y barba larga para su estatura, vestido en tonos tierra y con sus dedos adornados con anillos de gemas de colores. Este sonreía suavemente, con mirada relajada, viendo de frente. Al despertar, Altsomn entendió que, aunque tendría que esperar, el tiempo estaba cerca. Estos pensamientos le permitieron cumplir sus deberes sin revuelos internos durante la fiesta de cumpleaños. Todo parecía en orden. Lady Verina brillaba con un traje que combinaba tonos de dorado, blanco y vino. Altsomn se percató que las demás concubinas, aunque también muy elegantes, se habían cuidado de no opacar a la cumpleañera. Este gesto de aparente amabilidad era el disfraz perfecto para la naturaleza insidiosa y pasivo-agresiva del Pabellón de las Concubinas. Donde se veían saludos cálidos y cariñosos, se tejían ambiciones y se forjaban más conflictos. Cuando se formaba una amistad o una alianza, se sembraba la semilla para otras dos enemistades más. Esto convertía al puesto de Altsomn en uno de los más temidos de la Guardia del Palacio Real, parte de la razón por la que un desconocido del Instituto de Ciencias fue elegido para el puesto. ¡Paf! La aparente paz no podía tardar en quebrarse. A la hora novena, con el sol aún firme sobre el cielo, el patio se convirtió en un tumulto. El bullicio era tal que Altsomn corrió a la escena desde antes que cualquiera de sus subordinados le avisara del asunto. Cuando llegó, encontró a Lady Shessah, de pie, con el ceño fruncido, los puños cerrados y respirando con algo de prisa. Delante de ella, en el suelo, se encontraba Viola, la dama de compañía que había saludado a Altsomn el día anterior, llorando con voz apagada, el rostro agachado, su mano sobre su mejilla y las lágrimas corriendo sin parar sobre su rostro. Segundos después, Lady Verina se hizo también presente en la escena. Aunque inicialmente llegó con los ojos amplificados y la boca entreabierta, pronto su ceño se frunció al ver a Lady Shessah delante de Viola. —¿Eso era lo que querías? ¿Otro escándalo? —dijo Lady Verina, mirando fijamente a los ojos a Lady Shessah. —¿Te molestamos las auxureñas? ¿De esto se trata? ¿Por eso maltratas a Viola en mi fiesta de cumpleaños?. —¡Ya cállate! Ni siquiera viste nada. No te metas en esto —respondió Lady Shessah, sonrojada por la reprimenda. —Este es mi cumpleaños, claro que esto me incumbe —respondió Lady Verina, con su mirada todavía fija sobre Lady Shessah. —¡Damas! Por favor, evitemos cualquier intercambio que no lleve a ningún lado. Si necesitan reportar cualquier incidente, mis puertas siempre estarán abiertas para ello, y será un honor ayudarles a resolverlo. Pero, por ahora, no escalemos más este asunto. Mañana conversaré con las involucradas. La impostada voz del teniente Stmarken, acompañada al final por un golpe de su bastón de mando en el suelo y una venia dirigida a las concubinas litigantes, fue oída por casi todas las presentes quienes, luego de cuchichear brevemente entre ellas, obedecieron a su indicación. Sin embargo, hubo una que, por el contrario, se acercó más al centro del lugar donde todo ocurrió. —¡Viola! Viola, ¿cómo estás? Todo esto debe haber sido tan humillante. Estas arpías no se cansan de rebajarnos —dijo la mujer, acercándose a la aún caída. Su tez era clara, con ojos verdes y cabello castaño claro. Se veía más madura que la gran mayoría de mujeres del pabellón, pero estaba lejos de ser de edad avanzada. —Lady Alexina… estoy bien, solo… estoy… La respuesta de Viola fue cortada por su propio llanto. Lady Alexina acurrucó su cabeza a su propio pecho, para luego ayudarle a levantarse. Al momento en que se retiraron juntas del lugar, el resto de la masa de gente se había terminado de dispersar. El resto de la tarde pasó sin otras eventualidades significativas. El capitán, que estuvo presente en gran parte de la escena dada por su subordinado, regresó a su despacho antes del anochecer, esperando con paciencia y sin entusiasmo a la estrepitosa caída del teniente Stmarken, sin darse cuenta que, al hacer esto, daba cabida a su verdadero futuro progreso. En su segunda noche, el teniente volvió a ver a la persona pequeña en un sueño. Sin embargo, esta vez su sonrisa era amplia, como si hubiera ganado un gran premio, y sus ojos marrones brillaban intensamente. Evidentemente, el día siguiente aguardaba con algo más que una serie de entrevistas.

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