[CUENTO] Más Allá de la Oficina

  Nueva oficina a un precio increíble. ¿Qué podría salir mal?

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La oficina estaba en el segundo piso; el propietario vivía en el primero. A mitad del camino de cemento que conectaba la casa con la vereda comenzaba la escalera que llevaba a mi nuevo lugar de trabajo.


El propietario no sonrió al hacerme pasar a su sala. Su ceño estaba relajado y su mirada sugería que tenía prisa. Su precio era mucho más bajo que el de los demás.


—Más te vale que te quedes aquí buen tiempo —bromeó—. Los inquilinos anteriores no duraron mucho. El primero se quedó tres semanas y luego pagó voluntariamente la penalización por rescindir el contrato; en cuanto al segundo, lo busqué dos meses después y no lo encontré.


Pero yo estaba más enfocado en el precio que en los antecedentes, así que simplemente firmé, pagué el depósito y recibí las llaves. Cuando subimos, me dejó abrir la puerta.

El espacio era más profundo de lo que parecía desde afuera, o incluso desde la planta baja. Dos cosas llamaron mi atención. Primero, el escritorio: sobre él había un portalápices y, fuera de él, un lápiz y un lapicero sobre una hoja de papel llena de anotaciones. A un lado, una escoba y un recogedor. No estaba impecable, pero sí bien cuidado. Al principio pensé que el casero era el responsable de la limpieza. Sin embargo, al ver el papel, me pregunté: ¿para qué usaría él la oficina que suele alquilar?

Lo segundo que me llamó la atención fue la cortina del fondo. Quedaba bien con el resto del ambiente, salvo por la intensa luz que se filtraba por debajo, como si no hubiera mampara detrás de ella. Pensando que un poco de aire fresco me vendría bien, la abrí.

Cuando lo hice, apareció ante mí un inmenso jardín, el más grande que jamás había visto, con exuberante vegetación por doquier. De un árbol colgaba lo que parecía una rana grande, con brazos muy largos; de un arbusto cercano emergió una criatura redonda, cubierta de pelaje marrón oscuro, con cinco extremidades beige espaciadas uniformemente, seguida de un hombre de unos cuarenta y tantos, con camisa y corbata.

—Bernie, no te vayas muy lejos —dijo él.



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